Estuve caminado, con un cigarro en la mano. El sol brillaba entre las nubes, pero el gélido invierno acechaba las pieles de las personas, animales, cosas y todo lo interpuesto en su camino. Después de varios meses comprendí la dificultad de caminar sin sentido, pero no voy a explicarla porque tampoco tiene sentido.
Ni las largas caminatas, ni el envenenamiento por cigarro, ni un café hirviendo y tampoco la calefacción ayudaban a reducir el gran frío que me emboscaba el cuerpo. No encontraba razón ni religión que me permitiera permanecer con el cuerpo cálido.
No logré acostumbrarme; pasaron meses y el Verano regresó de sus vacaciones, y me abrazó con gran entusiasmo. Yo no le recordé como antes, su belleza se había deteriorado y sus mejillas ya no estaban tan coloradas...
By Eduardo L. Caraballo
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